Matracas. Su peculiar y más bien molesto sonido era el único ruido permitido el Jueves y el Viernes Santo, no estaba permitido ni el repique de campanas
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| Jueves Santo. Pasos de la procesión de hace poco más de un siglo. |
Miércoles, 1 de abril 2026, 20:16
Dar la matraca, esa expresión que significa dar la lata, la tabarra, o ser muy pesado, tiene su origen en un instrumento muy común en la Semana Santa de antaño, que hoy en día es todo un desconocido. Era el sonido habitual de la Semana Santa Oñatiarra el Jueves y Viernes Santo, cuando estaba prohibido utilizar las campanas de las iglesias en señal de luto.
Con este instrumento se anunciaba a mediados del siglo pasado el comienzo de las misas y las procesiones como bien recogía Juan Zubia en el batiburrillo Oñatiarra, editado por José Antonio Azpiazu con el título 'Las memorias de aquel Oñati'.
Todos hemos escuchado alguna vez la expresión 'dar la matraca' para referirse a aquellas personas pesadas, molestas e insistentes en alguna cosa y que terminan cansándonos. Y es que así es como describen quienes las 'sufrieron' a ese instrumento fabricado con uno o varios tableros en los que se sujetaban una o varias argollas, aldabas o tiradores de algún mueble.
Madera y hierro, similares a los elementos que se usaron para clavar a Jesús en la cruz. Un instrumento que desde la Edad Media se utilizó en muchos conventos para convocar a la oración matutina, y que, dado lo molesto que resultaba su ruido, se convirtió en sinónimo de algo incordiante.
En Oñati, como en otros muchos lugares su sonido era la banda sonora de la Semana Santa de antaño que arrancaba con la Misa Mayor del Domingo de Ramos, acto al que según recogen las citadas memorias asistía la Corporación en pleno «con el objeto de bendecir unos olivos que sólo portaban el clero y las autoridades. El resto de los vecinos llevaban ramos de laurel».
Otra curiosidad es que como en aquella época casi todos los utensilios de cocina eran de barro y se estropeaban muchos en el transcurso del año, se guardaban para jugar con ellos este día en los cantones de las calles a las cuatro esquinas. Por la tarde era popular el Vía Crucis del claustro parroquial con el acompañamiento del coro. Al terminar la ceremonia los grupos se repartían a jugar la última partida de txirikillas.
A partir de este momento y hasta el sábado de gloria se suprimía hasta el toque de campanas, usándose sólo las 'matracas' por la calle para anunciar los oficios. Tras la misa, las autoridades realizaban un recorrido por las estaciones, que por la tarde repetían los fieles.
El periplo se iniciaba en la capilla del antiguo Hospital y proseguía por los Agustinos y la Capilla de las Siervas, que entonces estaba en frente. Luego por la calle San Antón, la comitiva se dirigía a la capilla de las Benedictinas, que entonces residían en la casa Zárate. De allí por Santa Marina a Bidaurreta para terminar regresando a la antigua Iglesia de Santa Ana.
A las 14.00 horas tenía lugar en la Parroquia la ceremonia del lavatorio y media hora después en la Iglesia de Bidaurreta se celebraba el sermón del Mandato y la procesión.
La comitiva la formaban la Oración del Huerto, el Nazareno azotado, Ecce Homo, Verónica, La Caída, El Crucificado y la Piedad. Tras ellos la Dolorosa, una bandera portada por los miembros del Ayuntamiento, y San Juan. Cerraba la procesión la presidencia formada por el vicario de Bidaurreta, franciscanos y la Corporación. Delante iba siempre la Banda Municipal y detrás un elevado número de mujeres vestidas de luto riguroso.
Las celebraciones del Viernes Santo solían comenzar con el Vía Crucis a las 6.30 horas en el claustro de la Parroquia. Durante la mañana el público visitaba las iglesias y capillas, mientras, desde el Palacio Lazarraga, trasladaban a la Parroquia las imágenes de la Dolorosa y San Juan con sus ricos mantos para la procesión del entierro que seguía el mismo recorrido que el día de Corpus.
Sin coches, ni bares
Esa jornada el paro era total y era el único día del año que no circulaban los coches a Brinkola y Bergara. Además todas los bares cerraban por la tarde hasta después de la procesión.
El Domingo de Pascua a las seis y media de la mañana se celebraba en Bidaurreta la Procesión del Encuentro. Por una de las puertas salía la imagen de la Virgen con la cabeza cubierta con un velo y rodeada de cofrades y por la otra la imagen de Jesús, también acompañado. Tras el encuentro la virgen se quedaba sin velo. A la 8 se celebraba una misa presidida por la Corporación que acudía al templo al son del 'alkate-soñua'.
Con la misa mayor de las diez y el concierto de la Banda terminaba la jornada matinal. «El cordero en casi todas las mesas y la misa y los bailes festejaban la resurrección. El lunes la fiesta era total», recogen las crónicas de Juan Zubia recopiladas por José Antonio Azpiazu en 'Las memorias de aquel Oñate'.

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